• Javier Pastor

El cambio (créeme, lo necesitas)

Decía Robert McKee en su libro El Guión que, en todas las escenas que formen parte de nuestra obra, debería producirse en al menos uno de nuestros personajes un cambio de valor. Entendemos por cambio de valor que el personaje pase de un estado a otro diferente (de la ignorancia al conocimiento, de la fidelidad a la infidelidad, de estar vivo a estar muerto, etc...). Si encontramos escenas en las que no se produce ningún cambio de valor en ningún personaje estamos ante escenas que deberían ser quitadas de nuestro texto.


En improvisación nos sucede lo mismo: si descubrimos que en nuestra escena no se está produciendo ningún cambio de valor en alguno de los personajes, estamos ante una escena que no debería formar parte de nuestro show. Cuando improvisamos historias sobre un escenario mostramos esos fragmentos de las vidas de los personajes que merecen ser contados. Y, creedme, lo que todos esperamos ver son personajes y relaciones que cambian.


El cambio (a menos que estemos jugando escenas in media res, es decir con el conflicto en marcha) llegará después de haber construido nuestra plataforma (el PROL del anterior post), tras conocer la situación de estabilidad de la que parten los personajes. Hay una frase que me gusta mucho aplicar en las clases: es mejor invertir que inventar. Si, a lo largo de nuestra escena, hemos ido invirtiendo en información importante de los personajes (quiénes son, cuál es su relación, en qué lugar están, qué les importa, qué les va en juego, qué desean...) cuando llegue el cambio tanto improvisadores como público seremos partícipes de lo importante que es. Si, por el contrario, el cambio llega cuando aún no hemos invertido suficiente en la escena, deberemos inventar a posteriori para conseguir que todos seamos conscientes de lo importante que fue ese cambio que llegó y que no entendimos del todo. Y eso, por lo general, funciona mucho peor, ya que además de retrasar la comprensión de la escena, nos lleva a diálogos mucho menos verosímiles.


En el libro de Keith Johnstone Impro for Storytellers (el cual solo podréis encontrar en inglés) vienen unas tablas en las que se nos presentan diferentes tipos de relaciones y un montón de posibles cambios que las afectarían. Una vez más, todos esos cambios son posibles porque conocemos la relación en la que se dan. Es decir, esas tablas han invertido al menos en darnos a entender un elemento importante que debe ser conocido: el vínculo entre ambos personajes.


Sin embargo, no habrá cambio posible, por muy bien propuesto que esté, si no se produce en la persona que recibe una afectación. Seguro que hemos presenciado un montón de escenas en las que, tras plantear nuestra plataforma, llegaba un cambio muy bien tirado y el otro personaje, lejos de afectarse, se mostraba completamente impermeable al mismo. Hemos dejado pasar una ocasión de oro en nuestra escena, ese tren ya se ha marchado y no volverá. Ahora deberemos volver a invertir para que llegue otro cambio que afecte a uno de los personajes. Y esto seguirá pasando cada vez que los cambios que se planteen caigan en saco roto, lo cual, a la larga, es muy peligroso porque nos conducirá al temible terreno de la sobreproposición y de la inverosimilitud. Por tanto, el mejor cambio es aquel que recoge lo invertido en la escena y que hace que nuestro personaje se afecte con el mismo (ya sea para bien o para mal). Y esto es responsabilidad de todas las personas que participan en la escena.


Antes, al hablar de lo que propone McKee, comentaba que nuestra escena necesita que, al menos uno de nuestros personajes sufra un cambio de valor. Pues bien... voy a ir más allá. Los cambios serán mucho más interesantes cuando estén provocados por otro personaje que está en esta escena. De no ser así, estaremos trasladando la acción a un tercero o a un momento temporal que no es el presente (y si el teatro muestra el presente, la improvisación lo sublima). Y no solo eso... sino que serán aún más interesantes si los cambios son provocados con voluntariedad. Sin ella, caeremos en el terreno de lo accidental, haciendo que nuestras propuestas bajen la apuesta.


Otro día hablaré de los tipos de cambios que nos interesan en función del género y del momento de la historia en el que nos encontremos. Espero que os haya resultado interesante el post y que, de algún modo, os haya supuesto un cambio (chiste mierder).


Let's impro!



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